Brasil, donde el Carnaval nunca duerme

Pocas veces un billete de avión en el bolsillo evoca tantas imágenes y suscita tantas esperanzas como cuando lleva escrito Brasil como destino. Playas inmensas repletas de cuerpos esculturales, embrujo de ritmos tropicales, noches infinitas que estremecen al más irredento de los noctámbulos. Fútbol, samba, una caipirinha helada, las multitudes de Sao Paulo con su modernidad galopante los sabores africanos de Salvador de Bahía… Un Aleph exuberante y vertiginoso de más de trescientos millones de habitantes y 20 veces la extensión de España es lo que representa este país que avanza frenético bajo el slogan de “orden y progreso”.

gradas del sambódromo de riocc by: domake.saything

Al cocktail debes unir el elemento principal, ese que determina las ilusiones y alegrías de millones de brasileños año tras año, el dios Carnaval. Si tu preciado billete de avión lleva además en la fecha de ida la semana de Febrero sonreída por la fortuna, ¡bingo!. ya tienes un boleto hacia el paraíso. Con este post pretendemos zambullirnos en el mar de color, música y emociones en que se convierte un Brasil ya de por si apasionante durante una semana. Lo haremos recorriendo los dos templos sagrados de su carnaval, antagónicos y unidos a la vez en la celebración de esta particular bacanal; Río y Salvador de Bahía Bienvenidos al mayor espectáculo del mundo.

Nuestra primera parada será Río de Janeiro. Su carnaval es casi con toda seguridad el más célebre del mundo. Tras salir del avión el pasajero es escupido a una ciudad que parece la fórmula de una alquimia imposible. Selva, agua y cemento se mezclan en perfecta armonía. Las montañas cubiertas de vegetación encabezadas por el conocido Pan de Azucar se yerguen en pleno centro de la ciudad, y se extienden en verdosos racimos hasta el Atlántico. Los modernos edificios se confunden con desastradas fabelas desde las cuales basta bajar una escalera para llegar a las famosas playas de Copacabana e Ipanema, autenticos museos de anatomía. Cuentan los habitantes de Río que desde las fabelas se emprenden a veces saqueos por sorpresa a las playas y éstas quedan desiertas en segundos como si hubiese pasado un enjambre de langostas.

Ya en el paseo marítimo comienza saborearse en plena tarde el sabor del Carnaval. Los blocos o agrupaciones musicales emprenden su zumbona marcha que se prolongará durante horas. Los habitantes de Río y risueños turistas hacen una alto a su jornada de playa y persiguen pertrechados de bañador y caipirinha la comitiva durante centenares de metros. Mientras, el paseo se ha convertido en un espectacular bazar donde se ofrecen desde mazorcas de maíz, cócteles deliciosos, espetos de gambas a la plancha a los servicios de prostitutas o un original peinado rastafari. Por la noche la fiesta se traslada a los barrios de Lapa o Santa Teresa. El enjambre multicolor que conforma la población de Río se desparrama por sus calles con aroma colonial. Las diminutas tascas y recovecos son un excelente pretexto para improvisar un baile, seguir el ritmo hipnótico de un timbal o propiciar encuentros memorables. Así hasta que el amanecer incendia las calles de Lapa empujando a los trasnochadores a la playa.

Pero sin lugar a dudas la joya de la corona del carnaval de Río (que al viajero puede parecer en ocasiones un tanto disperso y desconcertante) es el Sambódromo. Desfilar con alguna escuela o agrupación de samba puede llegar a ser una experiencia inolvidable. Algunas agrupaciones permiten desfilar a extranjeros por unos 150 euros.

sambódromo de rio de janeiro

Ya el metro antes del desfile se convierte en un espectáculo inigualable. Unos pasajeros se dirigen al recinto ataviados con multicolores y surrealistas disfraces mientras otros los jalean como si fuesen gladiadores que se dirigiesen a una cruenta función de circo. Para la mayoría de brasileños seguir a una de las escuelas de samba es aún más importante que la fidelidad a su equipo de fútbol. Una vez en las calles cercanas al Sambódromo mientras van formando las agrupaciones, la realidad se precipita enterrada bajo un torbellino multicolor donde las formas de los disfraces, las gigantescas carrozas, las lentejuelas y la música conforman un mundo de fantasía. La entrada con tu agrupación al Sambódromo bajo los acordes de la batería convertida en trueno es inigualable. El público aclama a las agrupaciones, los focos las deslumbran y los apenas cuarenta minutos que dura la vuelta al recinto se convierten en una de las experiencias más fascinantes que puede deparar la existencia.

Antes de dejar la ciudad es indispensable una visita al Corcovado, una de las ocho maravillas del mundo. El Cristo se alza majestuoso sobre la ciudad vigilando el buen transcurrir del Carnaval. El panorama que puede divisarse desde el monumento probablemente no tenga comparación en toda América Latina. Con esta estampa imborrable decimos adiós a Río y cambiamos el rumbo hacia Salvador de Bahía de la que nos separan apenas dos horas y media de vuelo.

vistas desde el cristo del cerro corcovado

Salvador de Bahía antiguo centro de tráfico de esclavos fundado por Portugal en el siglo XVI es hoy una ciudad llena de contrastes pero con una indudable personalidad. Espectacular, autentica y peligrosa a partes iguales, Salvador es la esencia de África atrapada al otro lado del Atlántico. Santeras, vendedores, rastafaris y niños que esnifan pegamento y ejercen la mendicidad se arremolinan alrededor de las coloridas calles que conforman el bien conservado Peleurinho o centro histórico. En Salvador se vive en la calle, la olvidada costumbre de sacar la silla a la puerta para conversar con el vecino aún pervive aquí. Adentrase en sus barrios sin obviar los riesgos que comporta puede proporcionar grandes satisfacciones al viajero, descubrir al azar el centenar de iglesias coloniales que siembran la ciudad no tiene precio.

bloco por las calles de Salvador

Si en Salvador se vive en la calle, su Carnaval tiene que ser un fiel reflejo. Más popular y continuo que el de Río, Salvador responde a las expectativas que se hace el turista occidental cuando imagina el Carnaval brasileño. La fiesta no cesa en la calle y agrupaciones musicales recorren exultantes su centro histórico mientras los vecinos parapetados tras los balcones corean con tambores la marcha. La ciudad se convierte en un volcán que late al ritmo ancestral del tan-tan. Por la noche alrededor de los blocos o carrozas que hacen sonar desde música electrónica a sonidos tradicionales desfilan sus habitantes ataviados con los trajes característicos de cada agrupación. Ni el alba interrumpe la fiesta de esta ciudad brasileña por cuyas venas corre sangre africana.

casas coloniales en Salvador de Bahía

Para nosotros sin embargo llegó el final del trayecto, la última parada de una semana de locura, color y fantasía. El mayor espectáculo del mundo echa el telón hasta la próxima función. Brasil entrará en letargo once meses, mientras sus habitantes improvisan sueños con el próximo Carnaval.