Pioneros del deconstructivismo, los inventores de Coop Himmelblau no se conforman con la audacia formal.
Cada una de sus obras plantea originales propuestas funcionales.
"Nuestros edificios proponen la actitud del siglo XIX, cuando se pensaba que las soluciones técnicas podían
arreglar los problemas del mundo La racionalidad de nuestros tiempos incluye las verdaderas emociones
y necesidades de la gente que trabaja y vive en los edificios. Hoy hacemos edificios que son más complejos
que antes".
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UN EDIFICIO CON FORMAS MUTANTES EN LYON
Este proyecto expresa plenamente la audacia con la que cierta arquitectura contemporánea ha abandonado
el lenguaje y las geometrías tradicionales hacia una búsqueda semántica articulada, compleja, insinuante, en
la que la palabra es confiada completamente a los juegos de la forma y de la seducción emanada de sus resultados.
Con sus volúmenes fragmentados, los planos inclinados y las líneas quebradas en ángulos imposibles,
el edificio tendrá una imagen casi perturbadora. El nuevo museo de la ciudad francesa de Lyon será
como una gigantesca nave espacial, brillante y luminosa, que aterrizará sobre el terreno. Sus autores,
los austríacos del estudio Coop Himmelblau, no dejan de sorprender: otra vez, diseñaron un edificio
con formas que parecen de otro planeta.
Cuando se inaugure, en el año 2009, el Museo de las Confluencias será un edificio de 24.000 metros
cuadrados dedicado a los últimos avances en tecnología y biología. Su diseño plantea una nueva
concepción para los museos de ciencia.
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Esa complejidad se traduce en los espacios interiores, plagados de plantas en falsa escuadra y muros fuera de plomo. En el Cristal está la entrada principal. Al cruzar la puerta, el visitante ingresa en una antesala que no forma parte del museo: es un espacio público bajo techo.
Después de cruzar esta plaza cubierta, se llega a las boleterías y, más atrás, a la biblioteca y el store, el templo al consumo de todos los museos primermundistas. Enormes escaleras llevan a los visitantes hacia dos destinos: para abajo, a salones conectados con el garaje. Escalones arriba, los visitantes tocan el cielo con las manos: llegan a la Nube, un espacio onírico.
LA FRAGILIDAD DE LA NUBE.
La mutación de los espacios siempre fue el objetivo de estos arquitectos austríacos. Así recuerda Prix sus comienzos: "Empezamos en 1968. Queríamos hacer una arquitectura que cambiara como las nubes. De ahí que, en el logotipo del estudio, el blanco es uno de sus colores y el celeste, el otro". Treinta y cinco años después, la Nube es el espacio más flexible del edificio.
La Nube está suspendida sobre pilotes, a 12 metros de altura, y se inspira en la forma de una nave. Según Prix, "es un experimento espacial que busca despertar la curiosidad del público". Este volumen mira hacia el sur del lote y se vincula con un parque rodeado por los dos ríos (ver Implantación, en la pág. 4). Su forma es sorprendente: una secuencia de rampas y planos inclinados que disuelven las fronteras del espacio interior y el exterior. Si el Cristal era la "zona dura", la Nube es el "área blanda", un lugar que representa la idea que Coop Himmelblau tiene del edificio futurista. "Es un sutil espacio de corrientes y transiciones ocultas", opina Prix.
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Ese movimiento de rampas y superficies inclinadas es interrumpido por las salas de exhibición. Son cajas cerradas con doble altura, lo suficientemente flexibles como para adaptarse a cualquier muestra temporaria. Obsesionados con la mutación, Prix y Swiczinsky explican el concepto que subyace detrás de su diseño: "En esta obra, la arquitectura es tan cambiante como el contenido del museo".
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