El dibujo en el proyecto Crown Hall de Mies van der Rohe
Descubriendo a Mies
Mies van der Rohe era un hombre serio, perfeccionista. Siempre. Incluso un tal Norberg-Schulz le llegó a calificar de Dios. Cualquier persona que tenga unas nociones básicas sobre historia de la arquitectura lo podría confirmar. Lo era.
¿Pero estaría completamente de acuerdo alguien realmente cercano a Mies?
¿Y alguien que tiene algo más que unas nociones básicas de arquitectura?
Intentemos descubrirlo. Intentemos conocer al verdadero Mies.
Para ir conociéndole, comencemos analizando su su imagen. Si la cara es el espejo del alma, también lo podrá ser su forma de vestir, de exponerse, supone uno.
Mies aparece siempre vistiendo un impecable traje negro, realizado a medida por Knizé. Perfectamente abrochado con un par de botones. Camisa blanca, con alguna excepcional licencia a los cuadros. Corbata oscura. Zapatos. Y un pañuelo blanco delicadamente plegado y asomando una punta en el bolsillo izquierdo de su, ya citado, impoluto traje. Hecho un pincel.
Sigamos analizando su imagen. Su rostro, ya marcado por el paso del tiempo y caracterizado por el estrabismo de su mirada, siempre muestra seriedad en las imágenes. Incluso un aparente enfado. Su postura ante éstas, también. Erguido, mirando a cámara, o sin mirarla. Sus puros habanos Montecristo, de los que posiblemente fuese el mejor cliente, también ayudan a darle es imagen de seriedad y perfección. Casi acercándose a la imagen del Superhombre de su admirado Nietzche.
De acuerdo, reconozcámoslo:
Mies 1 - ‘El que suscribe’ 0.
Pero existe un pequeño detalle que hemos pasado por alto. En todas la imágenes consideradas, Mies es consciente de la presencia de la cámara fotográfica. Parece que lo tiene todo controlado. Pero si encontrásemos alguna fotografía en la que no se percatase de la presencia del fotógrafo...¿sería igual?¿Nos encontraríamos un Mies distinto?¿Más humano?
Busquemos. Buscamos. Y encontramos.
Encontramos un Mies fumando su puro Montecristo; parece que esto no es ‘imagen’, es así. Pero también le encontramos con un descuidado sombrero de paja, hecho que a uno le sorprende. Como si viniese de la playa. Eso sí, de darse un baño con su impoluto traje de Knizé.
¿Habría permitido Mies esa imagen?
El que suscribe se atrevería a responder con un rotundo no.
Si seguimos buscando descubrimos más aspectos prácticamente desconocidos de Mies. Descubrimos que tenía problemas de vista. Sin embargo no aparece con gafas en ninguna imagen pública. Pero una fotografía de Frank Scherschel lo demuestra. Le vemos con las gafas en las manos. Parece ser que se las ha quitado e intentado ocultar al percatarse de la cámara. Pero no lo ha logrado.
¿Intentaba ocultar su falta de vista?¿Lo consideraría un problema?¿Una mala imagen para la marca ‘Mies van der Rohe?
Mies 1 - ‘El que suscribe’ 1
Analizando más imágenes suyas descubrimos como, realmente, si le importa su imagen, siempre impecable. Descubrimos como repite una fotografía descuidada por otra controlada. Elimina detalles molestos, aunque imperceptibles en un vistazo rápido. Corta un hilo que cuelga de la silla tubular MR 10 en la que se sienta. Quita un enchufe eléctrico negro. Cambia su puro Montecristo de mano. Recompone su postura en la silla. Y ajusta su impoluto traje de Knizé. Vuelve a estar impecable. El fotógrafo puede disparar.
Mies lo controlaba todo. Controlaba su nombre, su marca. María Ludwing Michael Mies, que así se llamaba y nació el 27 de Marzo de 1886 en Aquisgrán (Alemania), le añadió a su nombre la forma holandesa ‘van der’ y el apellido de su madre, Rohe. ‘Mies van der Rohe’, más comercial pensarán unos, muchos otros dirán lo mismo; y algunos profanos lo confundirán con algún ex-jugador del FCBarcelona.
Mies lo controlaba todo. Todo. No se limitaba a su imagen. También controlaba sus obras. Se levantaba tarde, al mediodía. Se dirigía a la obra y la supervisaba. Parece ser que Mies tenía completa confianza en si mismo. Era bueno, mucho. Lo sabía. Desconfiaba del resto. Si algo se quiere hacer bien, lo tiene que hacer uno mismo -solía decir. Era autosuficiente. Casi, sólo evitado por el tiempo. Era individualista.
“Dudo que dos arquitectos pudiesen trabajar juntos” [1] dijo en una ocasión Mies. Era el Superhombre de Nietzche.
Como ya se ha dicho, Mies era bueno, mucho. Era culto. Gran aficionado a la lectura. A la filosofía. A Nietzche. Al Superhombre. Era bueno, aunque hombre de pocas palabras. Ni siquiera defendía sus ideas como Le Corbusier, Gropius o Wight de las criticas. ¿Se sentiría superior a las críticas?, se pregunta uno.
Hagamos un punto y aparte. Analicemos su arquitectura. Su opinión sobre ésta.
Su arquitectura se basa en tres palabras clave: Temporalidad, industrialización, forma.
Comencemos hablando de la forma. El que suscribe encuentra en la pág. 514 del libro ‘La palabra sin artificio’ de Fritz Neumeyer, un texto interesante. Sus opositores le tachan de formalista. Somete a sus edificios a una geometría estricta - dicen.
El que suscribe, por supuesto, se lo cree. Aunque pronto encuentra otro libro. En éste habla el propio Mies, veamos lo que dice. “Rechazamos toda especulación estética, toda doctrina y todo formalismo” [2]. “Rechazamos reconocer problemas de forma; sólo problemas de construcción” [3].
El que suscribe queda sorprendido. Todavía duda sobre su opinión ante las palabras de Mies. Parece muy radical, piensa. Por suerte, unas páginas más adelante, descubre una Carta al Doctor Riezler. “No voy contra la forma, sino contra la forma como fin en si mismo” [4] - afirma Mies. Ésto, al que suscribe, ya le deja más tranquilo.
Si el lector levanta la mirada seis lineas volverá a leer que a Mies le interesan los problemas de construcción. Interesante tema, piensa uno.
En el mismo libro, pero una páginas antes; el que suscribe que es un desordenado; encuentra la palabra ‘construcción’. Paremos aquí piensa, y sigue leyendo.
“Nuestros métodos de construcción deben industrializarse” [5] - dice Mies. “Considero la industrialización de los métodos de construcción la cuestión clave de nuestros días para arquitectos y constructores” [6] - continúa. “Nuestro problema es el de revolucionar todo el proceso de la industria de la edificación” [7] - termina.
Parece que Mies es un apasionado de la industrialización por la vehemencia con la que habla. Aunque ésto, evidentemente, no es tan sencillo. “La industrialización de los procesos de construcción depende de los materiales. Nuestra primera preocupación, pues, debe ser encontrar un nuevo material de construcción” [8] - afirma Mies. Lógico, piensa uno; y no sólo eso, sino que le parece hasta bien. Sin embargo ese ‘uno’ se vuelve a sorprender cuando lee “Las paredes de ladrillo tienen muchas ventajas sobre estos nuevos métodos” [9]. Entonces piensa ¿Entonces por qué? Mies le vuelve a responder. “...el trabajo en obra debe consistir sólo en el montaje, que requiere muy pocas horas/hombre. Ésto reducirá muchísimo los coste de construcción” [10]. El que suscribe ya lo entiende, y la verdad es que lo presuponía. Porque lo ve desde la perspectiva de ochenta y cuatro años después, dirán algunos; y tienen razón.
El tiempo le dio la razón al Maestro. El Maestro, demostraba que era bueno. Sin embargo, aún con esta perspectiva de ochenta y cuatro años, a uno todavía le queda alguna duda. Será que no relaciona bien el término ‘horas/hombre’ con los obreros de su época (pero eso ya es otro tema).
El que suscribe, que es un pesado, vuelve a pedir al lector que levante su mirada; dieciocho lineas, nada menos.
Mies habla de su tiempo y resulta que en el mismo libro (magnifico libro oiga), dos páginas después trata el tema. Resulta que Mies defendía la temporalidad de la arquitectura, y lo explicamos, para el que no lo entienda.
Mies opina que a cada época le corresponde una arquitectura; y lo dice. “La arquitectura es la voluntad de una época traducida al espacio” [11], “Debemos entender que toda la arquitectura está basada sobre su propio tiempo, que sólo puede manifestarse en tareas vivas y en medio de su propio tiempo” [12]. Y lo ejemplifica, “Los templos griegos, las basílicas romanas y las catedrales medievales son significativas para nosotros como creaciones de toda una época” [13].
Todo parece claro; pero uno, que piensa mucho y le da muchas vueltas a las cosas se entretiene con el siguiente párrafo. Sí, todo un párrafo, aunque se desvíe ligeramente del tema.
El sentido general de nuestro tiempo tiene hacia lo laico. Los esfuerzos de los místicos serán recordados como anécdotas. Pese a nuestra gran comprensión de la vida, no construiremos catedrales. Tampoco los grandilocuentes gestos de los románticos significan nada para nosotros, porque tras ellos detectamos su forma vacía. El nuestro no es tiempo de pathos; no respetamos los vuelos del espíritu tanto como valoramos la razón y el realismo [14].
Ésto, a uno, como ya ha dicho, le llama la atención. Y deduce que Mies era una persona poco religiosa.
Por otra parte Mies defiende la razón y el realismo, y lo contrapone al romanticismo, a su forma; y uno imagina (aunque no sepa muy bien por qué, pero lo imagina) que también lo contrapondría a la obra de Gaudí. Y uno duda por un momento en Mies.
Si afirma que su tiempo es el de la razón, y ésto lo dice en 1924, y en ese año había un tal Antonio construyendo ‘La Sagrada Familia’ en Barcelona, uno duda si el Maestro, Mies, tiene razón al afirmar que su tiempo es de la razón y no de la forma.
Por suerte el propio Mies da una vía de escape para resolver las dudas que uno tiene. “Comprender una época implica comprender su esencia y no lo que se ve. Lo importante de una época es difícil de encontrar porque la forma verdadera se desarrolla muy lentamente [...] Y cuando esa gran forma se entiende bien, la época habrá concluido y se iniciará una nueva” [15]. Después de leer ésto uno ya comprende que termina la época de Gaudí y comienza la época de la razón de Mies, que coincidieron durante algún tiempo; y deja de dudar en Mies.
Uno, que le sigue dando vueltas a las cosas, sigue pensando en el romanticismo, y en la cantidad de formas que tenía. Y se da cuenta de que la razón y el modelo industrial que defiende Mies tiene menos formas. El romanticismo tiene más formas que la razón. La razón tiene menos. Teniendo en cuenta que la época del romanticismo ha pasado, podríamos decir que la forma está en desuso, es ‘menos’. ‘Más es menos’.
Si ‘más es menos’, ‘Menos es Más’.
Hagamos un punto y aparte aquí, una vez tenemos unas ideas básicas de su forma de pensar, intentemos compararlo con algún dibujo del propio Mies.
Comencemos por unas sillas, en principio, más sencillo.
Se trata de unos dibujos realizados, según parece, entre 1930 y 1935; durante su periodo americano.
Lo primero que a uno le llama la atención es la cantidad de letra que escribe Mies. Parece que no estuviese muy seguro de los trazos que daba con su lápiz sobre el papel crema marfil de 15 x 21 centímetros.
En esas frases, nos fiamos de Luicila Benítez que traduce el libro “Mies van der Rohe: su arquitectura y sus discípulos” de John Zukowsky, ya que uno no sabe alemán y poco inglés, pero igual da porque tampoco entiende la caligrafía de Mies, éste escribe:
“posible también en posición adaptable”, “montada en el suelo sobre un pie”, “pero móvil”, “metal ligero prensado, cromado”.
El uso de ‘posible’ o ‘pero’ no hacen si no confirmar la sospechas que uno tenía; Mies todavía no estaba muy seguro de lo que hacía.
Si seguimos escudriñando la hoja, uno se fija que lo dibujos son pequeños, de uno 5 cm, y se pregunta el porqué. Y también se fija que parecen poco definidos, que están trazados de forma rápida y que dibuja alzados, plantas y perspectivas. Mucha cosa piensa uno, y supone que Mies no sabe muy bien el volumen de lo que tiene en su cabeza y está tratando de hacerse una idea.
Visto lo visto, al que suscribe, ya no duda; ésto es un croquis, es un dibujo inicial.
Sigamos con otra silla
En este otro dibujo Mies también analiza otra silla; tubular, de acero doblado.
A uno le llama la atención la cantidad de dibujos que hace, dieciséis nada menos; con un lápiz sobre un papel color marfil de 21,7 x 29,9 centímetros.
Y uno analiza los dibujos, y se fija que la mayoría de ellos son alzados laterales, y que varían bastante de unos a otros. Y también se fija en que la mayoría son una simple linea curva, hecha de forma imprecisa y rápida, parece; que son dibujos iniciales, que son croquis. Y uno piensa que si nos diesen la hoja en otra posición ni imaginaría lo que representan esas lineas, incluso alguna ni la entiende en la posición correcta. Y también se fija uno en que cuatro de esas lineas tienen un marca a su lado, y que son de un tamaño mayor; lo que lleva a pensar que se va acercando a lo que busca.
Continuemos analizando una hoja más, que a uno le llama la atención.
Se vuelve a tratar de un hoja estudiando una silla.
A uno le llama poderosamente la atención un recorte que tiene pegado la hoja, pero por el momento ignorémoslo y centrémonos en los dibujos.
Vuelve a llamar la atención la cantidad de dibujos que hay, y que sabemos pequeños; Mies dibuja en un papel de 21,5 x 30 centímetros, con un lápiz. Aparecen veintidós dibujos, nada menos. Numerosas perspectivas en las que se aprecia como va evolucionando la idea. Desde unos minúsculos y nada definidos, hasta uno de mayor tamaño marcado con una cruz.
Y también llama la atención que tiene alguna anotaciones, que uno sigue sin entender, pero más cortas que las vistas en el primer dibujo. Y en las que pone: “apiladas”, “barra de refuerzo”, “tumbona”; en alemán, por supuesto.
Visto que los dibujos no están muy definidos y que incluye palabras para explicarlos, un puede afirmar que se trata de un dibujo también inicial.
Vayamos con el recorte que tanto le llamaba a uno la atención al principio. En él aparece la fotografía de un vigilante aéreo recostado en un asiento, titulada ‘La tumbona se convierte en material de guerra’. Y uno la mira, y mira los dibujos de Mies; y se da cuenta de que son muy distintos, por lo que descarta la posibilidad de la referencia formal. Y uno se da cuenta de que sí se parece a una silla de Mies; a la del primer dibujo; y le sorprende que esté aquí en vez de en la otra hoja, y piensa que tal vez formaron las dos juntas una hoja más grande; y que Mies la cortase. Tal vez así se explicaría por qué utiliza hojas de distintos tamaños, aunque uno no lo ve muy seguro. Entonces supone que será un estudio de la morfología de la persona al tumbarse, y que le será útil a Mies para desarrollar la tumbona que estaba dibujando.
Una vez estudiados unos croquis del las sillas para acercarnos un poco al Mies gráfico, analicemos los croquis que realiza del IIT, el Illinois Institute of Technology de Chicago; donde se encontrará el Crown Hall.
En este primer croquis Mies dibuja con su lápiz una perspectiva del IIT sobre una hoja de papel de 15,3 x 21,5 centimetros, allá por 1944. Uno, que nunca ha estado en Chicago no sabe de que edificio se trata, pero Lucila Benítes en el libro “Mies van der Rohe: su arquitectura y sus discípulos” le pone sobre la pista; tal vez sea el edificio de ingenieria. Conocido ya el edificio, uno lo mira y lo examina, y se fija en que los trazos que ha usado Mies son rápidos, y descuidados, y que rellena de oscuro algunas partes del dibujo saliéndose de la línea, como un niño de corta edad. Y también se fija uno en que el árbol que aparece a la derecha es un simple garabato y que la mancha que aparece al lado son personas, aunque uno no está ni seguro de ello. Así pues, se concluye que es un dibujo que se encuentra al inicio de su proyección.
Continuamos con un croquis de un edificio del IIT.
En el dibujo, hecho entre 1949 y 1952 con lápiz rojo sobre papel de croquis de 15,3 x 21,5 aparecen una planta y una perspectiva de un edificio, y a uno le llama la atención algo que parece una cruz. Y lee y descubre que sí, que lo es, que el edificio es una capilla; y ésto le sorprende porque tiene una idea de un Mies poco religioso, idea a lo mejor equivocada. Pero ésto no resulta relevante, y analizando el dibujo uno se da cuenta de que es un dibujo hecho muy rápido, y que comete errores, y que tiene que repetir lineas; que entonces el dibujo queda descuidado. Y que la perspectiva está poco detallada, y uno casi duda de la posición de la imagen. Y se da cuenta de que este es, tal vez, un primer esbozo del edificio.
Y ésto de la capilla a uno, como ya ha dicho, le llama la atención, y encuentra en el mismo libro otro croquis, otra perspectiva interior, casi idéntica a la anterior; pero sin la cruz. Y esto lleva a pensar que este dibujo hecho a lápiz, sea incluso anterior. Y uno se fija en que Mies dibuja muy suave, casi sin apretar el lápiz, como acariciando el papel con la punta de grafito; aunque ésto parece extraño, y tal vez sólo sea un problema del libro. Pero también dibuja rápido, y tantea con el lápiz; y aún desconociendo si la suavidad de los trazos es real, se puede afirmar que el dibujo es inicial.
A uno, que sigue buscando croquis le llama la atención uno en especial. Uno realizado a lápiz y tinta sobre un papel de 15,1 x 21 centímetros en 1944. Uno en el que no aparece un edificio completo; aparece un vértice, una esquina probablemente del edificio de administración. Y al analizarlo uno se da cuenta de la rapidez con la que están realizados sus trazos pero también la limpieza de éstos. Entonces uno piensa que ésto no se podría considerar un dibujo inicial, pues se trata de un detalle. Y uno, que se queda dudando, piensa por qué lo hará, piensa en si no tiene a nadie que se dedique de los pequeños detalles, y recuerda lo que escribió unas páginas más arriba. “Mies lo controlaba todo.[...] Si algo se quiere hacer bien, lo tiene que hacer uno mismo - que decía Mies”. Y entonces uno sube una página más y recuerda que, según decían, Mies era muy perfeccionista; y como intentó desmontar esa idea; y se da cuenta de que aquella foto con el sombrero de paja fue un detalle sin importancia, y de que realmente Mies sí se acercaba a la perfección.
Mies 2 - ‘El que suscribe’ 1
Por último, y después de analizar estos croquis para hacerse una primera idea, uno se pregunta por el Crown Hall del IIT; y busca dibujos, y apenas encuentra. Y se pregunta por qué será; y busca; y descubre que a Mies le gustaba trabajar con maquetas. “La maqueta es lo fundamental y los dibujos no son más que herramientas para la obra” [16] - afirma Christian Norberg-Schulz en una conversación con Mies. Pero aún así algún croquis encuentra.
En este primer croquis, Mies dibuja la planta baja del Crown Hall, y también dibuja una sección que deja inacabada, aparentemente por no calcular bien la superficie de la hoja. Y ésto le hace pensar a uno que lo ha dibujado de forma descuida; y aprecia que las lineas están torcidas, y que está dibujado de forma rápida; y que hay muy poco detalle en el dibujo, por lo que debe de ser inicial. Y pese al que el libro está en inglés, el que suscribe llega a entender que el dibujo esta realizado con grafito, en un papel Apex, que debe de ser una marca, de 6 x 8,5 in, que deben de ser pulgadas; vamos 15,24 x 21,59 centímetros.
En este otro croquis, Mies dibuja un alzado, también del Crown Hall; y pese a estar sacada la imagen del mismo libro en inglés uno entiende que está dibujado con un lápiz rojo, aunque esto lo sabía sin leerlo; en un papel de 6 x 8 pulgadas; 15,24 x 20,32 centímetros.
Y uno mira el dibujo y aprecia que también está dibujado muy rápido, incluso demasiado; que las medidas están desescaladas, que las lineas están torcidas, que están inacabadas, que los ángulos rectos son agudos u obtusos pero no rectos, y que uno sabe en que posición va la imagen porque ha visto fotos del edificio, que si no, ni éso.
En éste último dibujo, que no croquis, al menos eso piensa uno, Mies dibuja una perspectiva de Crown Hall; y lo hace con lápiz según dice el libro, y uno supone que en papel normal o de Apex, pero sólo lo supone porque el libro ‘Buscando a Mies’ de Ricardo Daza, no dice nada al respecto, y tampoco dice las medidas del supuesto papel.
Y uno se fija bien en el dibujo y se da cuenta de que está mucho más definido que otros. Y se fija en los pilares más oscuros y se imagina que son de esos nuevos materiales de los que hablaba Mies sobre la industrialización de la arquitectura. Y mira las superficies más claras y también imagina que debe de ser otro de esos nuevos materiales. Y ese edificio, al que suscribe, le recuerda a los que se construyen en su época, y se pregunta como alguien lo pudo construir hace más de cincuenta años; y se da cuenta de que como decía Mies, en aquella época se encontraban al principio de la época, y el que suscribe no. Tal vez por eso, el que suscribe, crea entender el edificio.
Una vez analizados varios croquis de Mies van der Rohe podemos comprobar que lo habitual es que realice sus dibujos con un lápiz de grafito; y que lo haga en papeles de distintos tamaños, pero no demasiado pequeños. Parece ser que no aprovecha los trayectos para dibujar, que dibuja siempre en casa o en el trabajo; eso sí, a partir del mediodía y con un buen puro Montecristo en la mano que no sujeta el lápiz.
El que suscribe, que ya termina de escribir, encuentra una ultima frase de Mies que le llama la atención y le parece adecuada para finalizar:
“No tuve ninguna educación arquitectónica convencional. Trabajé en el despacho de algunos buenos arquitectos. Leí unos pocos buenos libros. Y eso fue todo”. [17]
Pues no está nada mal.
Bibliografía de las citas:
[1] Rohe, Ludwig Mies van der, “Conversaciones con Mies van der Rohe: certezas americanas”, Ed. Gustavo Gili
[2] Rohe, Ludwig Mies van der, “Escritos, diálogos y discípulos”, pág. 25, Murcia : Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos, Comisión de Cultura, 1981
[3] Op. cit, pág. 27
[4] Op. cit, pág. 34
[5] Op. cit, pág. 28
[6] Op. cit, pág. 28
[7] Op. cit, pág. 29
[8] Op. cit, pág. 29
[9] Op. cit, pág. 29
[10] Op. cit, pág. 29
[11] Op. cit, pág. 31
[12] Op. cit, pág. 31
[13] Op. cit, pág. 31
[14] Op. cit, pág. 32
[15] Carter, Peter, “Mies van der Rohe trabajando”, pág. 172, Ed. Phairon
[16] Neumeyer, Fritz, “Mies van der Rohe. La palabra sin artificio”, pág. 514, Ed. El Croquis
[17] Op. cit, pág. interior portada