Una ampliación en el aire
Hace apenas unos días, y coincidiendo con la concesión del premio Pritzker al equipo de arquitectos japoneses SANAA, autores del proyecto de ampliación del Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), el ex director del museo, Kosme de Barañano, abría la caja de los truenos al reanimar el debate sobre la ampliación abortada y sin perspectiva en el horizonte del museo valenciano. Todo ello, pese a que fue una prioridad del Gobierno de Eduardo Zaplana, enmarcada dentro de su plan de construcción de obras emblemáticas, y a cuyo diseño y preparativos la Generalitat llegó a destinar cinco millones de euros.
Barañano, entre otras consideraciones, apelaba a la incomprensión y la envidia como motivo de una paralización que se prolonga ya en el tiempo cerca de siete años.
La ampliación del IVAM, antes de la llegada de la iniciativa de los japoneses, fue en sí un proyecto promovido por el entonces conseller de Cultura y hoy presidente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps, y presentado en los albores del año 2000. Aquel proyecto atendía, como la idea de SANAA, a la utilización de toda la manzana donde está ubicado el museo, duplicando, por tanto, su superficie, actuando a partir de lo ya existente y sin alterar su fisonomía. Juan Manuel Bonet dirigía la institución y el arquitecto era un hombre de la casa.
Cambio de proyecto
La salida de Camps del área de Cultura y la llegada de un nuevo conseller, con Kosme de Barañano como director, trajo consigo la desestimación del proyecto de Camps, las críticas del propio Barañano a la iniciativa del que después se convertiría en presidente de la Generalitat y el nuevo encargo de Zaplana.
Durante más de dos años, Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa estuvieron trabajando en el proyecto. Para su seguimiento, Barañano incluso trajo de Bilbao a un hombre de su entera confianza. Su única misión era seguir el proceso de cerca.
A comienzos de 2003, el diseño estaba sobre la mesa. Hasta llegar a él, los arquitectos plantearon un puñado de soluciones: desde derribar completamente el edificio inaugurado a finales de los ochenta, durante gobierno socialista y firmado por los arquitectos valencianos Carles Salvadores y Emilio Giménez, hasta eliminar su planta baja, crear una ciudad de pequeños edificios en la superficie del solar con una gran plaza interior, o separar el museo en tres bloques. Se habló incluso de mantener sólo la estructura interior.
La firma era el cubo de acero
Sin embargo, a Sejima y Nishizawa el actual edificio les gustaba y, además, una intervención contundente supondría cerrar el museo por algo más de tres años. Al final se optó por una solución menos agresiva: ampliar por la parte trasera, utilizar sus terrazas como espacios expositivos, construir un edifico anexo que serviría como biblioteca y dependencias administrativas, y reordenar el espacio interior. Eso sí, la guinda era un gran cubo de acero como firma de la intervención japonesa aunque en pleno centro histórico.
Otra cuestión era su coste: 45 millones frente a la mitad que costaba el que en su día avaló Camps, la necesidad de realizar expropiaciones a la carrera y, sobre todo, cambiar el plan de protección especial del barrio, debido a la volumetría del cubo de acero, y lo que ello podía suponer. Aunque nadie ha querido airear este asunto, muchos apuntan a la actitud de Barañano frente al proyecto que defendió Camps en su día como uno de los motivos de su paralización, como también ciertas suspicacias en torno a la adjudicación de la construcción del cubo de acero. Lo bien cierto es que la llegada de Camps a la presidencia, con González Pons como nuevo conseller de Cultura, actuó como detonante.
Poco tardó González Pons en argumentar que la "prioridad" de la Generalitat era "construir colegios" y que la ampliación del IVAM no corría prisa, podía realizarse por fases, pero que la piel de acero, de momento, no era necesaria. "Es una iniciativa muy interesante artísticamente, pero cara", argumentó. Para otros era el todo, lo que lo justificaba la ampliación, el sello.
Recorte de presupuesto
Pocos meses después, Barañano era apartado de la dirección del IVAM por el propio González Pons, y el proyecto, finalmente, quedo aparcado. Desde entonces, poco se ha movido, aunque los sucesivos gobiernos se hayan ocupado de asegurar que la ampliación continuaba en marcha -de hecho, las expropiaciones de los edificios necesarios han continuado, aunque por goteo.
Mientras tanto, la sociedad valenciana también ha sido testigo de cómo el presupuesto del IVAM menguaba cada año un poco más, no consolidaba una asignación para su ampliación y, paradójicamente, al mismo tiempo crecían otros proyectos, como el Palau de les Arts o el reciente Ágora, cuyo coste se ha situado en los 400 y 90 millones de euros, respectivamente.
En una cosa tiene razón Barañano: El IVAM necesita una ampliación y lo mejor es construir un nuevo edificio en otra área de la ciudad. El proyecto y la colección, como él mismo dice, lo merecen.
Una ampliación en el aire - Levante-EMV



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