Pues la verdad es que yo le tengo mucho cariño a los silos, estoy en la tierra gracias a ellos, en los silos es donde mi padre se declaro a mi madre, sin ellos yo no hubiera nacido.
Abro este hilo para hablar e este monumento,que pese a pertenecer a Valencia ,todavía hoy,es relativamente desconocido por los habitantes del "Cap-i-casal"
LOS SILOS DE BURJASSOT
El conjunto arquitectónico Los Silos de Burjassot representa uno de los escasos vestigios de la organización del abastecimiento triguero en la Valencia del siglo XVI. Este conjunto de edificaciones fue declarado “Monumento Histórico-Artístico de Carácter Nacional” en 1982, certificando, de este modo, la calidad artística de la construcción.
El mayor valor de los Silos de Burjassot radica en su profunda influencia histórica para una ciudad como Valencia y su hinterland (la Contribución General en terminología de la época). El trigo era el componente básico de la dieta de sus habitantes, ya fuera convertido en harina como elaborado en forma de pan. La fértil huerta de Valencia, algunos años no producía suficiente cosecha de trigo para alimentar a su cada vez más elevada población. A pesar de que el suelo es muy adecuado para su cultivo, y de estar regada por numerosas acequias, la utilización de la huerta se consideraba poco apta económicamente para este cultivo extensivo. Se combinaba entonces éste con otros productos que aportaban una mayor rentabilidad. La morera, base de la elaboración de la seda, el cáñamo, el arroz en algunas comarcas, la caña de azúcar en otras, y el aumento del cultivo del olivo y de la vid, fueron relegando al trigo y a otros cereales a un segundo plano.
Por este motivo, las carencias cerealistas se suplían casi siempre con importaciones de otras comarcas del Reino y de otros reinos vecinos. La mayor parte del trigo importado procedía de Castilla y Aragón, y su transporte se realizaba tanto por tierra, con caravanas de mulas o con carros, como por mar. Precisamente, por tener el Mediterráneo a las puertas de la ciudad, secularmente Valencia ha volcado más su comercio a través de la vía marítima. La capacidad de carga de un barco (galera o nao) era mucho más elevada que la del transporte con animales, lo que redundaba en un mejor precio final del grano. A ello hay que añadir la circunstancia de que algunos reinos mediterráneos, como Sicilia, Nápoles o Cerdeña, debido a sus cultivos extensivos, se erigían en auténticos graneros capaces de abastecer muchas ciudades mediterráneas.
En un principio la estructura del almacenamiento de Valencia se fundamentaba en las Atarazanas del Grao, una red de botigas (almacenes de pequeñas dimensiones) distribuidas por el centro de la ciudad y que eran propiedad de nobles, conventos y gremios, y el Almudín. Las autoridades de la ciudad necesitaban servirse de estas botigas, mediante el alquiler de las mismas, desde que llegaba el trigo forastero hasta que era puesto a la venta en el Almudín. Edificado en una zona relativamente alta en relación al cauce del Turia y a cubierto de cualquier peligro de riada, el Almudín era el centro distribuidor exclusivo de los cereales de la ciudad y poseía una organización compleja formada por numerosos oficiales y trabajadores especializados en el manejo y venta de las distintas variedades de cereales.
El aumento de la población motivaba que, a su vez, aumentaran los gastos de personal de la organización triguera y del alquiler de las botigas. Pero también causaba un mayor riesgo para el trigo almacenado. En este sentido, era evidente la necesidad de aumentar las importaciones al tiempo que no se disponía de un almacén central con suficiente capacidad para guardar el trigo necesario para suministrarlo en los meses de invierno y primavera. Los jurados de Valencia se quejaban de que la excesiva dependencia de les botigues ocasionaba enormes pérdidas debido a la mala conservación del cereal. Tanto el gorgojo como la humedad de Valencia, por su cercanía al mar, causaban estragos en algunas partidas de trigo. Tratando de evitarlo, un auténtico ejército de paleros estaba encargado de airear el trigo diariamente con sus palas. El precio de los cereales se modificaba al alza en parte por la especulación que los mercaderes y nobles se procuraban, al disponer de depósitos donde guardar el grano, siempre al acecho de la escasez, y forzar así la subida de precios sacando en pequeñas partidas el trigo al mercado. En ocasiones, estas prácticas especulativas, a las que también eran aficionados molineros y panaderos, abocaron en crisis de subsistencias que provocaron hambre, carestía y desordenes sociales, violentos en muchas ocasiones.
Las autoridades municipales valencianas, por todos estos motivos reseñados, tomaron conciencia de que era ineludible modificar el inestable sistema de distribución de trigo, ya que su estabilidad se consideraba muy necesaria, por estar basado en él numerosos impuestos que llenaban las arcas de la hacienda municipal. Pese a todo, en determinadas ocasiones el saldo era negativo, al tener que malvenderse el trigo, deteriorado precisamente por su deficitario almacenaje. De hecho, con esos impuestos, que también se aplicaban a muchos otros productos, durante toda la época foral se habían financiado cuantiosas obras públicas. Es el caso de varios puentes sobre el río Turia, la Lonja, el Palau de la Generalitat, el Hospital General, las murallas, las Torres de Serranos, las de Quart y otras puertas de acceso, o incluso los caminos de entrada a la ciudad. La mayor parte de estas obras se canalizaban a través de un organismo denominado Fábrica de Murs i Valls.
Ya avanzado el siglo XVI, las primeras medidas que se tomaron en materia cerealista estaban encaminadas a garantizar el suministro. Para ello, desde 1547, y con más constancia desde 1571, se enviaba, con mandato trienal, un síndico (representante de la ciudad con poderes) a Palermo, en la isla de Sicilia. La función de este síndico era gestionar, en nombre de la ciudad de Valencia, las compras y el transporte de trigo por vía marítima. Esta primera medida comenzaría a surtir efecto al año siguiente, pero ya estaba claro que ni las Atarazanas del Grao, como almacenes receptores, ni las botigas de la ciudad, y mucho menos el Almudín, tenían capacidad suficiente para soportar la entrada masiva de cereal. Por poner un ejemplo, algunos barcos transportaban más de 10.000 cahíces de trigo, lo cual supone unas doscientas toneladas de cereal.
Era necesario, por tanto, buscar soluciones alternativas que posibilitaran un almacenamiento con más garantías, y que, además, fuera más barato que el cómputo total de los gastos derivados del alquiler de las botigas sumados a los sueldos de los paleros y mozos de carga (tirasacs). Por lo menos, esos eran los motivos oficiales que se adujeron en su día, pero quizá otras razones fundamentales, a la vista de las últimas investigaciones, serían el control del precio del trigo; la posibilidad de disponer de una reserva que contuviera el alza de los precios y el evitar que los especuladores hicieran su negocio a costa del pueblo llano. De modo que las miradas se volvieron a otras ciudades de la Corona de Aragón, que disponían de silos subterráneos que ejercían esa misma función de control. Así, podemos citar a Nules, Burriana, Alcalá de Xivert, Castellón, etc, casi todas ciudades situadas en la Plana de Castellón, o los silos que existían en la ciudad de Barcelona
En cualquier caso, se trata de ciudades, por regla general, con un terreno más seco, con menor humedad relativa ambiental que Valencia. Por ese motivo, era fácil construir con éxito silos subterráneos en dichas ciudades. Los más afamados silos de la época se ubicaban en la plaza mayor de Vila-real. Existían allí, además, maestros canteros expertos en este tipo de perforaciones, por lo que los jurados de Valencia solicitaron a uno de ellos, Sancho de Camino, que se desplazara a Valencia para experimentar las posibilidades de este tipo de construcción cerca de la ciudad.
En 1573, tras barajar varias alternativas, los jurados de Valencia se atreven a probar el sistema de ensilamiento con la construcción de tres silos en la localidad de Burjassot, cercana a Valencia, bien comunicada y establecida sobre las primeras lomas de terreno calcáreo que limitan la huerta, de terreno aluvial y más arcillosa. No es casual que mosén Bernat Simó, dueño y señor de Burjassot, fuera un patricio urbano con mucha influencia en la gestión municipal de Valencia, y tampoco, que ocupara a menudo cargos importantes en su administración. La prueba se realizó en una pequeña loma situada al noroeste de Burjassot, aunque dentro de su término municipal.
El encargado de la construcción de esos primeros silos fue el maestro cantero Sancho de Camino, y, tras excavar los tres pozos y recubrir sus paredes con mortero de cal y arena, iban a ser llenados con una pequeña cantidad de trigo de Sicilia: 58 cahices, que se sacarían en mayo del año siguiente con resultados positivos. De modo que, una vez despejadas las dudas respecto al nuevo sistema de almacenamiento de grano, se contrató al mismo cantero para la construcción de un indeterminado número de silos en el mismo lugar donde había construido los primeros. Aquel mismo año se comenzaron a llenar con los primeros envios de cereal a comienzos del invierno.
El éxito del nuevo sistema de almacenaje motivó que los jurados de Valencia decidieran la construcción de más silos en el mismo emplazamiento. Como la obra iba tomando envergadura, en agosto de 1574, se convino que Joan de Alfafar, maestro de obras de la ciudad colaborara, aunque separadamente, con Sancho de Camino en la construcción de estos silos. Alfafar pretendía aplicar la nueva técnica de construcción de bóveda subterránea que le da la forma peculiar de botellón al silo; esa misma bóveda de ladrillo que estaba imponiéndose en otras construcciones de la ciudad de Valencia, ya fueran numerosas iglesias o el Hospital General. En realidad, falta un estudio profundo que permita abrir todos los silos y contrastar la información documental con las pruebas arqueológicas, para poder así sacar conclusiones más precisas. En esta fase, la cuadrilla de Sancho de Camino construyó dieciocho silos, mientras que la de Joan de Alfafar excavó once, algunos de ellos con una capacidad de almacenamiento nunca vista hasta entonces.
A medida que el número de silos crecía, se echaba en falta alguna edificación donde poder descargar el trigo en el intervalo que había entre la descarga y el ensilado y entre sus operaciones inversas, la del desensilado y la carga en los carros que tenían que llevar el trigo a Valencia para su venta en el Almudín. Existe plena certeza de que para esta función de almacén provisional techado se utilizaba la ermita recién construida de San Roque que ya existía justo al lado de esos primeros silos. Para evitar este uso indebido que dificultaría los oficios religiosos en la ermita, las autoridades valencianas encargaron en 1575 al señor del lugar de Burjassot, mosén Bernat Simó, que a la sazón era aquel año jurado del Consell de Valencia, la supervisión de la construcción de dos botigas (almacenes) y dos porchadas (porches). Siguiendo este mandato, se construirían de manera que estuvieran orientadas hacia los silos, respetando siempre la ermita de San Roque, que quedaría entre las dos botigas con sus porchadas y que posibilitaría a los habitantes de Burjassot continuar con la vista de la ermita de su patrón desde el nucleo en torno al castillo. Además, se allanó parte de la explanada para facilitar las labores de los operarios. Otro cantero de prestigio, que ya había participado en la talla y colocación de las bocas y tapaderas pétreas de los depósitos, se sumó a Sancho de Camino y Joan de Alfafar para la construcción de estas botigas y porches. En efecto, Miguel Porcar, maestro de cantería de la Fábrica de Murs y Valls y conocido por muchas de sus obras en Valencia, entre otras participó en la erección de la torre del Palau de la Generalitat y en la Obra Nova de la catedral, sería el encargado de la obra de cantería de estos almacenes. De las tareas de albañilería se encargaba Joan de Alfafar, al tiempo que las compaginaba con la construcción de los mencionados once silos. La obra de carpintería, para completar las edificaciones, estuvo a cargo del maestro de carpintería de Valencia: Esteve Ravanals.
Una vez finalizadas en 1576 las obras de los veintiocho primeros silos, así como las de las botigas y porchadas, transcurrió algún tiempo hasta que se acometieran nuevos trabajos. Pero ya en 1578 se le pediría a Joan de Alfafar y a Joan del Solar que elaborasen un informe de mejoras del recinto. Lo que estos maestros entregaron a los jurados del Consell de Valencia fue un memorial donde se planificaban una serie de obras de ampliación y mejora, lo que significaba un gran avance, tanto para la concreción en sí del monumento, como también para la ampliación de la capacidad y calidad del almacenamiento del cereal. Lo primero que proponían era cercar con una muralla protectora la explanada. Lo segundo, construir dos decenas de silos más, con capacidad para 30.000 cahices, indicando las zonas donde era más propicio perforarlos. Lo tercero consistía en enlosar toda la explanada para evitar la filtración del agua que tanto dañaba a los silos. El cuarto punto proponía la modificación de las tapas, quizá invirtiendolas para que se adecuaran mejor a la explanada y a las inclemencias meteorológicas. Y lo último, la construcción de una cisterna que pudiera recoger toda el agua de lluvia que caía en la explanada y en los tejados de los almacenes, para su utilización tanto para consumo humano como para las tareas constructivas.
Casi de inmediato, y siguiendo las recomendaciones de Alfafar, que murió al poco de haber entregado su informe, se contrata al maestro albañil Agostí Roca para que construya el muro circundante y cinco nuevos silos. A partir de entonces, es el propio Agostí Roca, maestro de obras de la ciudad de Valencia, el encargado de coordinar todas las obras que se ejecutan, siempre secundado por su padre, Bernabeu Roca. Ellos serían los que, a partir de enero de 1580, construyeran ocho silos más, y, entre 1582 y 1584, la cisterna para recogida de aguas en un llano al lado de los Silos; ese llano es hoy el paseo de Concepción Arenal. Mientras tanto, Miguel Porcar es el elegido para enlosar la explanada, con vertiente a tres lados, por donde correría el agua hasta llegar a unas canalizaciones por las que se vertiría fuera de la explanada, la cual, sin embargo, no lograría finalizar, ni él ni su hijo, llamado igual que su padre. Allí el agua caía, a su vez, en otra acequia que la conducía directamente a la mencionada cisterna.
Una vez comenzado el enlosado, de la mejor piedra azul, quizá de las canteras de Morvedre (Sagunto), se pensó en rematar la edificación con una cruz, similar a las cruces de término, peirones o humilladeros que presidían todos los caminos de entrada a Valencia. Miguel Porcar realizó las gradas, la columna y el capitel, mientras que la cruz con las imágenes de la Virgen y el Cristo fue tallada por el imaginero Hieroni Munyos.
Las bocas de desagüe de la plaza, así como las bocas y tapaderas que se tuvieron que remover o componer de nuevo para adecuarlas al nuevo desnivel del enlosado, fueron talladas por el maestro cantero Guillem del Rey, que comenzaba entonces a despuntar en el arte de la piedra, lo que, con el paso de los años, le llevaría a construir obras del calibre de la capilla y el claustro del Real Colegio de Corpus Christi o el claustro del monasterio de Portaceli, por citar algunas conocidas.
Agostí Roca construyó otros cinco silos, de menos capacidad que los anteriores, hasta completar en total 45 depósitos; resultado de la suma de los diecisiete que confeccionó Sancho de Camino, los once de Joan de Alfafar más los diecisiete que acababa de finalizar Agostí Roca. Por último, Guillem del Rey sería el encargado de cerrar el recinto con la construcción de una portada de acceso en la parte alta, justo donde estaba ubicada la rampa de acceso de los carros y al lado de la ermita de San Roque. Esta misma puerta fue rematada en 1591 por el maestro carpintero Gaspar Ravanals con la confección de un porche de tejas a cuatro aguas.
Las obras de los Silos de Burjassot sufrieron un parón considerable a comienzos del siglo XVII por varios motivos. Primeramente, se consideraba que las necesidades de almacenamiento estaban cubiertas. Además de esto, hay que consideran que la expulsión de los moriscos en 1609, motivo por el que dejaron de ser consumidores mas de 250.000 personas en todo el Reino de Valencia, fue un frenazo enorme para la economía. Se hubo de esperar al siguiente siglo, el XVIII, con el aumento demográfico de principios de 1700, para que las autoridades municipales se plantearan la necesidad de aumentar la capacidad de almacenamiento de grano que tenía el monumento. En 1704 se le encargó a Juan Escrivá la reedificación de la cisterna, la construcción de doce silos y la ampliación de la zona enlosada. Aunque comenzó las obras y finalizó con éxito la reparación de la cisterna, no se conoce con detalle si llegó a finalizar los doce silos contratados (la documentación consultada tan sólo refleja uno), ya que la Guerra de Sucesión, que tuvo uno de sus episodios más sonados muy cerca de los Silos, afectó no sólo a todas las obras públicas, sino también a la desaparición, probablemente, de algunos documentos municipales que contendrían información de las mismas.
En 1754, el nuevo intendente y corregidor de Valencia, el marqués de Malespina, iba a ser el impulsor de las obras de rehabilitación de los Silos de Burjassot. Es cierto que habían estado abandonados desde la llegada al trono del primer Borbón, pero los planes de Malespina pasaban por reformarlos y acondicionarlos para un doble uso, civil y militar, pues también era intendente general del Ejército. Las obras comenzaron de inmediato, supervisadas por el arquitecto Josep Herrero y por su ayudante Vicente Piñó. En sucesivas etapas, que duraron intermitentemente hasta 1788, se intervino en la reparación, unas veces, ampliación, otras, y reedificación completa de algunos silos. Varios de los mejor reputados maestros del momento fueron los encargados: Colechá, Miralles, Soler y Morata. También se repararon los suelos, techos y tejados de los almacenes. Además, se restauró el enlosado viejo y se terminó de enlosar, aproximadamente, un tercio del enlosado que restaba por pavimentar desde la época de Porcar. La segunda puerta de acceso al recinto se abrió en esta época, para poder acceder al almacén grande desde el camino (esta puerta sería sustituida por la actual, procedente de la iglesia de San Bartolomé en septiembre de 1953). De aquellos 46 silos iniciales, tan sólo se pudieron recuperar 43, de entre los cuales, posteriormente, se aterraron dos más, para quedar, por tanto, los 41 que a día de hoy se pueden contemplar en la plaza sus bocas y tapaderas, los populares “pilons”.
Ese mismo año se daría por concluida la obra. Incluso se llegó a inmortalizar el momento con la colocación de una placa conmemorativa cerca de la entrada. Con posterioridad, se construiría el artístico pozo en 1795 y se reformaría el pretil de la muralla, con un remate de losas que formaban un cómodo asiento para descanso de visitantes. Tras estos últimos retoques más bien dirigidos al embellecimiento de la edificación, se volvió a inaugurar en 1806. Aún se puede apreciar la placa conmemorativa junto a la entrada del almacén grande.
Las últimas actuaciones en el conjunto artístico, en el siglo XIX y XX, no cambiaron sustancialmente su estructura de silos, enlosado y botigas. Pero debemos hacer mención a algunas importantes. En 1876 el ayuntamiento de Burjassot, al haber crecido la localidad considerablemente hasta el punto de que sus casas nuevas llegaban casi al recinto de los Silos, solicitó a su homónimo de Valencia que se abriera un acceso que recayera a un nuevo paseo proyectado, donde hoy está la plaza Emilio Castelar y el propio edificio del ayuntamiento. Se trataba, por un lado, de eliminar las numerosas cuevas, habitadas por personas sin recursos, que abundaban por las inmediaciones, y con ello se pretendía, por otro, animar a la mediana burguesía valenciana a instalarse en esta zona de ensanche del pueblo. Valga como ejemplo la familia de Vicente Blasco Ibáñez, la cual compro un terreno en el mismo paseo proyectado para la construcción de una casa, que luego se convertiría en sede de la primera biblioteca municipal a partir de 1947. Se inauguró esta tercera puerta, con su escalinata de acceso, en 1878, la cual, con el paso de los años, se ha integrado perfectamente en la imagen popular que se tiene del monumento. A finales de siglo se realizaron unas obras de adecuación y remodelación de los depósitos, los cuales se habían comenzado a alquilar a particulares unos años antes, en 1869.
Ya en el siglo XX, el sistema de alquiler de los depósitos se compaginaba con su uso por el Pósito dependiente del ayuntamiento valenciano. En 1902, este organismo pasó a depender directamente de la Delegación Regia de Pósitos, y en 1907, sus existencias de cereal se subastaron y su importe pasó a formar parte del Pósito, aunque ya sin utilizar el sistema de préstamo de semilla a los agricultores. Sin embargo, por esas fechas se potenció el sistema de alquiler de Silos a particulares y a empresas, modelo que continuó hasta la llegada de la II República, en 1931, cuando se abandonó definitivamente el uso comercial que durante siglos había mantenido el monumento, con la única salvedad del uso de la explanada, por parte de los agricultores de Burjassot, para el secado de cacahuetes hasta los años sesenta. Ese mismo año se instaló en el almacén de los Silos una filial de la escuela de Artes aplicadas y Oficios de Valencia, mientras el ayuntamiento de Burjassot solicitaba por primera vez a Valencia la cesión del monumento, que había quedado incrustado en el centro neurálgico de la población.
La Guerra Civil de 1936-1939, contribuyó a la degradación de las edificaciones. Tras el saqueo de la ermita de San Roque y el derribo, a finales de julio de 1936, de la cruz por elementos revolucionarios exaltados, a partir de 1937 se utilizaría el monumento para uso militar. Primeramente con la instalación de un fonolocalizador, detector de bombarderos, en el mismo pedestal donde había estado hasta entonces la cruz. Mientras tanto, los almacenes donde estaba la escuela de Artes y Oficios fueron utilizados como cárcel preventiva y, luego, como sebe del destacamento de la DECA que controlaba el fonolocalizador, que formaba parte importante, junto con el Miguelete valenciano, del servicio de defensa antiaérea. Al mismo tiempo, la “Casa dels Barrons” era ocupada, primero por miembros del cuerpo de artillería y, más avanzada la contienda, por el “cuerpo Tren”, encargado del abastecimiento al frente. Y por último, mediado 1937, se perforaron y comunicaron varios silos para ser utilizados, unos, como almacén de municiones y armas, y otros, como refugios antiaéreos para la población civil y para los funcionarios y miembros de los partidos políticos que habían instalado sus sedes en el paseo de Caoncepción Arenal.
Una vez finalizada la guerra, se reconstruyó la cruz en mayo de 1943 y la ermita de San Roque, entre 1940 y 1948), y se repararon los daños y desperfectos causados por los dos bandos, entre 1948 y 1953. Este último año se colocaba la portada de San Bartolomé en la reinaugurada escuela de Arte y Oficios. En 1975, los ayuntamientos de Valencia y Burjassot llegaron a un acuerdo de cesión de uso a favor de éste último. Este conjunto arquitectónico, ejemplo de la construcción civil y pieza clave para entender el abastecimiento triguero de Valencia y su comarca, fue declarado en 1982, como se indicaba al principio, Monumento Histórico-Artístico de Carácter Nacional. En la actualidad su uso es eminentemente cultural, mientras espera, pacientemente, una finalidad definitiva y una restauración integral.
Fotos de la parte subterránea (refugio/almacén) durante la Guerra Civil Española,y vistas generales dela explanada.
Tapa 2” del silo (o pilón) visto desde abajo
Galería de acceso entre el 1er y 2º silo (de los que se pueden visitar)
Galería del 2º silo desde su interior (es el más grande con diferencia y el mejor conservado de los 6)
Interior del 2º silo en 2 formatos distintos para intentar dar una idea del tamaño
Vista más cercana de la galería de acceso al 2º silo
Esta galería (la peor conservada) da acceso al 3er silo.
Detalle de la pared quemada por años de poner un candil para alumbrarse mientras trabajaban en el interior ensacando el trigo.
“Pintada” donde parece que pone “héroes” ¿de la época de la guerra? No lo se…
Detalle de al boca de un imbornal por donde desagua la lluvia de la explanada superior.
“Pilón” o tapa del silo vista desde la explanada superior, desde se ensilaba o des ensilaba el trigo.
Explanada superior
Tienda donde se vendía el trigo al “detall”
Pozo para que bebiesen los caballos que transportaban los sacos en carros.
Y por último un dibujo de la vista de Valencia desde LOS SILOS de 1811.
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Yo soy yo y mi circunstancia
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Pues la verdad es que yo le tengo mucho cariño a los silos, estoy en la tierra gracias a ellos, en los silos es donde mi padre se declaro a mi madre, sin ellos yo no hubiera nacido.
Yo fui gestado a miles de km. de los silos
Ni siquiera tenía constancia de su existencia. En fin, interesante hilo.
Saludos!
un mapita para situarlo? no tengo ni idea de donde están
gracias!
muchas gracias! ya me sitúo!
Un año después de que tus padres fueran novios, mi madre nació (al igual que Godzilla)
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