Sin duda uno de los templos artísticos de la ciudad. La fachada que da a la plaza de Oriente siempre me ha gustado mucho y en general tiene un aire elegante y austero, ¿pero no creeis que demasiado? La verdad es que la decoración es nula y si comparamos con otras óperas del mundo...
Historia del edificio:
Su origen está ligado al largo proceso de formación que tuvo la plaza de Oriente. La creación de este espacio urbano, en la parte oriental que daba al Palacio Real, se inició durante el breve reinado de José I, con los derribos de las primeras manzanas de casas. En 1817, Fernando VII retomó la labor de su predecesor y encargó al arquitecto Isidro González Velázquez la ordenación de la que sería la nueva plaza de Oriente.
La solución urbanística adoptada consistía en crear un espacio ultrasemicircular abierto frente al palacio, tomando como eje el del nuevo teatro real que se habría de construir en el lado diametralmente opuesto. La construcción del nuevo teatro, pues, era una parte importante del proyecto de la nueva plaza, e implicó la demolición del viejo teatro o Coliseo de los Caños del Peral que había mandado construir Felipe V en 1737.
En 1818, mientras González Velázquez se encargaba del movimiento de tierras y la nivelación de la plaza, el también arquitecto Antonio López Aguado se encargaba de dirigir las obras del nuevo teatro que él mismo había proyectado. Sin embargo, el buen ritmo con que habían comenzado las obras se fue poco a poco encontrando con la trágica realidad de la hacienda española y dos años después, por falta de fondos, se paralizó la construcción cuando apenas se habían levantado los cimientos. Poco tiempo después se volvió a retomar la construcción, pero por falta de liquidez volvieron a paralizarse en 1823.
Para continuar con las obras, que se prolongarían durante muchos años, se tuvo que recurrir a varias fórmulas económicas, como la concesión en 1826 de las rentas que se obtenían de varios arbitrios (alcornoques y otros productos), las que generaban algunos productos prohibidos que habían sido decomisados y las no menos importantes subvenciones y donativos provenientes de instituciones locales y estatales. En 1831 el arquitecto Custodio Teodoro Moreno se hizo cargo de las obras, pero apenas transcurridos siete años se volvieron a suspender por las adversidades económicas que estaba provocando la primera guerra carlista. Esta vez, después de llevar gastados 21 millones de reales, la construcción del teatro iba a permanecer interrumpida durante trece años y parte de sus dependencias se convirtieron en un improvisado polvorín.
Finalmente, por Real Orden de 7 de mayo de 1850, el gobierno encargó al arquitecto Francisco Cabezuelo la terminación de las obras y el edificio pudo ser inaugurado por la reina Isabel II el 19 de noviembre siguiente, con el estreno de la ópera La Favorita de Donizetti. El presupuesto total de las obras había ascendido a la astronómica cifra de 42 millones de reales, el más costoso del universo en palabras del cronista Fernández de los Ríos.
El edificio está asentado sobre una planta hexagonal irregular de 72.892 pies cuadrados con dos fachadas principales de gusto clásico en sus lados menores, que dan respectivamente a las plazas de Isabel II y de Oriente. El interior del teatro tenía una capacidad para 2.000 espectadores, distribuidos en cuatro órdenes de palcos y la platea, siendo el escenario uno de los más grandes que se habían construido en Europa. Y es que sólo para realizar la armadura que habría de sostener la techumbre se hubo de talar un bosque entero de pinos, lo que dio lugar a duras críticas contra el arquitecto Cabezuelo. Estas críticas no se hicieron por los daños inflingidos al medioambiente, pues todavía estaban lejos de estas inquietudes, sino porque no se habían empleado vigas de hierro en forma de T, más económicas y ventajosas para la estructura de los edificios.
La magnitud de la construcción permitió disponer grandes salones de baile y descanso, salas para fumadores, guardarropas y un café, aunque al poco tiempo parte de estas dependencias se convirtieron en la sede de la Escuela Nacional de Música y Declamación. El 20 de abril de 1867 se produjo un incendio en el gran salón de baile que utilizaba la escuela para los ensayos, y que afortunadamente no se extendió hacia otras dependencias del teatro.
Con la revolución de 1868 la institución pasó a denominarse Teatro Nacional de la Ópera, nombre que se mantuvo hasta la restauración en el trono de Alfonso XII en que volvió a recuperar la denominación regia. Bajo ambas denominaciones el teatro acogió los estrenos de las óperas El Trovador (1854), Rigoletto (1856), La Traviata (1857) y La Fuerza del Destino (1863), del maestro Verdi; Guillermo Tell (1869) de Rossini; Lohengrin (1889) y Tannhauser (1890) de Wagner -interpretadas por el famoso tenor Julián Gayarre-; y se produjeron actuaciones destacadas como las protagonizadas por el bailarín Nijinsky y por Strasvinski dirigiendo su Petruschka.
Con posterioridad se han venido realizando sucesivas reformas en el edificio, destacando una primera proyectada por Joaquín de la Concha en 1884, que vino a alterar la composición arquitectónica original de parte de las fachadas laterales y frontales.
Más importante fue la reforma realizada en 1925 con motivo de unas grietas que aparecieron en la estructura del edificio, como consecuencia de un curso de aguas subterráneas que discurría junto a la cimentación. El arquitecto Antonio Flórez Urdapilleta se hizo cargo del proyecto y de la primera fase de las obras, consistentes en cambiar el antiguo armazón de madera por una estructura de hormigón armado, a la vez que triplicaba el espacio útil del teatro con la creación de espacios bajo la rasante. En 1928 tomó el relevo el arquitecto Pedro Muguruza, pero las obras se paralizaron en 1932, situación que se prolongó durante la Guerra Civil con las dependencias del teatro convertidas en polvorín. En 1942 Muguruza retomó las obras y redactó el proyecto para la conclusión de las obras, contando para ello con la ayuda de los arquitectos Diego Méndez, Luis Moya y posteriormente de José Manuel González-Valcárcel. En 1966 se consiguió reinaugurar el edificio como un gran teatro de conciertos, pues había perdido la capacidad para la escenografía lírica. También el exterior presentaba muchos cambios con respecto al primitivo edificio, como la fachada que daba a la Plaza de Oriente que tuvo que ser nuevamente construida en la década de 1940.
Con posterioridad en parte de sus dependencias se instalaron las sedes del Real Conservatorio de Música, de la Escuela Superior de Arte Dramático y del Museo de la Música.
Una última reforma se ha realizado entre 1988 y 1997, consistente en reconvertir la institución en lo que siempre había sido, un teatro de la ópera.
Fotos:
Y aquí os dejo el enlace a la visita virtual oficial.
Buena recopilación, Marchante.
Al igual que la Almudena, por separado puede decir poco. Pero como parte del conjunto, es un muy, muy digno Teatro de la Ópera, y precisamente por esa discrección, da mas valor al entorno.
Desde niño siempre he oido tres cosas:
- que desde el sótano por debajo del escenario hasta la techumbre (caja escénica) cabría el edificio de Telefónica de Gran Vía (88mts)
- que la calle Arenal no se llama así por casualidad, y de ahí los enormes problemas de cimentación del no menos enorme edificio y
- que el túnel de metro que pasa a sus pies literalmente se apoya en la cimentación del edificio, lo que hace que se pueda sentir el paso de los convoyes (se supone que esto último se solucionó en la última reforma del teatro, no sin pocos problemas).
Nota sobre esto último: En Bravo Murillo aparco un coche en un sótano -3 y noto perfectamente el paso de los trenes de la línea 1. Comprendo la gran molestia que esto debía suponer en determinados ensayos, e incluso en las representaciones.
NOTA: ABSTENERSE DE COPIAR EN OTROS FOROS ESTE COMENTARIO O SUS FOTOS SIN PERMISO DEL AUTORMi ciudad en UrbanityPixelWorld: Desdépolis__________________________________________________ ______Dsd70En la vida, hay tres clases de personas: las que saben contar y las que no. ______________ No todo es gravedad en la vida. También está el rozamiento.Para cualquier tema de moderación, usad el botón
Aunque se por donde vas, creo que no se puede comparar el Teatro Real con la Almudena. El teatro Real es muy sobrio, y puede que diga poco, pero lo peor que se le puede decir es que es soso.
Las dos fachadas a pie de calle de la Almudena, son cuanto menos feas. ¿porque se lo monatron tan mal e hicieron una catedral para ser vista solo de lejos? Perdón x el offtopic
Es que creo que una de las mejores virtudes de un edificio debe ser encajar en el entorno, y en este caso en concreto, el valor de conjunto suma mas que las individualidades.
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bueno, salvo la individualidad que predomina del conjunto...
Pero se ve beneficiado al no verse eclipsado por sus vecinos...
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Yo le añadiría frontones, medallones, esculturas, etc. para mejorar las fachadas principalmente laterales y la que da a la plaza de Isabel II, no es tan difícil y la mejora sería considerable.
Última edición por Marchante fecha: 23-may-2007 a las 16:19
El ser tan austero y querer pasar tan acoplado al conjunto que si no fuese por el tamaño habría que preguntar el número de la plaza en que se ubica, para mi no es un valor.
De acuerdo en la fachada de la plaza de Oriente, pero la fachada de Ópera tenía que tener mayor protagonismo. Mitad y mitad, le doy un 5.
Aunque el edificio no es mi pasión, me gusta, está apañado, le encuentro agradable en la plaza de Oriente, le doy un 8,5 mucho por su historia.