¿Quiénes son los ’zumbaos’ que suben hoy?
Dos periodistas de DB viajaron a Madrid el jueves para volver en el tren directo y hacer un reportaje con los testimonios de los pasajeros. Para su sorpresa, fueron los únicos en cogerlo.
Luces que no alumbran a nadie, una película que nadie ve, un revisor sin billetes que picar, un mecánico de brazos cruzados porque todo funciona -nadie se queja-, un camarero somnoliento que lleva una semana sin poner una cerveza y un maquinista conduciendo un tren hacia la nada. Ese es el panorama que preside el tren directo Madrid-Burgos, el que pasa por Aranda.
Dos periodistas de DB viajaron a la capital de España con el fin de dar fe del escaso interés que ha provocado la reapertura del directo. Lo que no imaginaban es que iban a viajar solos. Bueno, solos no, acompañados por cinco trabajadores y un becario. Lo nunca visto, tres empleados por pasajero. Cuatro vagones y 86 asientos vacíos.
A las 14,30, cuando los dos reporteros se disponían a subir al Talgo en el andén número 7 de la estación madrileña de Chamartín, el interventor ya sabía que viajarían dos personas. «Me preguntaba quiénes serían los dos zumbados que suben hoy», nos espetó nada más subir, en el tono confianzudo y castizo que suelen utilizar los naturales del foro. Así, muy ‘echao palante’.
Antes de subir, tanto los periodistas como el personal del tren habían observado que subía una chica con una maleta. Los reporteros pensamos, «bueno, por lo menos tenemos el testimonio de alguien». Porque cuando quedaban cinco minutos para la salida todavía teníamos la esperanza de que alguien hubiera comprado el billete a última hora. Pero, un segundo después, nuestro gozo en un pozo.
La joven, que era hija del jefe de estación de Burgos, había ido a Chamartín a dejar la maleta en el tren para que su padre la recogiera a su llegada a Rosa de Lima, tal como nos explicó luego el revisor. Éste también se había hecho ilusiones. «Por lo menos hoy va a viajar una chica guapa con nosotros, pensé», nos dijo.
Y es que de lunes a jueves -día en que se realizó este reportaje- habían cubierto el trayecto Madrid Burgos en ese tren un total de siete personas, incluidos los dos periodistas. Y el sentido inverso, es decir el Burgos Madrid, ni una sola persona. «Lógico, quién se va a subir a un tren en Burgos a las ocho de la tarde para llegar a más de las once a Madrid; y encima el martes llegamos cuarenta minutos más tarde», explica el interventor, que prefiere no dar su nombre.
Así que nada más subir, empleados -el interventor, el mecánico, el camarero y otro mecánico en prácticas- y los periodistas se acodan en la barra del vagón-bar. El maquinista, lógicamente, en su puesto, acompañado de un técnico en seguridad de Renfe que ha viajado durante toda esta semana en el tren directo. Con una misión doble. Por un lado, controlar que el nuevo enlace con el desvío ferroviario de Burgos funciona a la perfección, y, segundo, apoyar las maniobras del maquinista en este nuevo tramo de la línea férrea.
En la conversación con los empleados, éstos no se cortan a la hora de decir que el mantenimiento de una línea así no tiene sentido. «A algunos compañeros les encantaría viajar en un tren fantasma, sin nada que hacer; pero mira, esto es un aburrimiento, es una pena ir en un tren como éste, que está nuevo, y que esté vacío», señala el revisor.
En las actuales circunstancias de explotación, «es una línea muerta», asegura. «¿Quién va a coger este tren si en un autobús te plantas en hora y media en Aranda en lugar de en dos y diez minutos que tarda el tren?», se pregunta. «Y a Burgos, nadie, porque todos los que recorren el trazado que pasa por Valladolid son más rápidos», apostilla.
Con los actuales horarios (salida de Madrid a las 14,30 y llegada a Burgos a las 17,40) «no hay nada qué hacer». El único futuro que ve este interventor -de más de 30 años de servicio- a la línea es que pare en todos los pequeños pueblos de Madrid y la Sierra. Pero, claro, de ese modo el tren sería aún más lento y daría servicio sobre todo a los madrileños.
Uno de los motivos que llevan al Ministerio a mantener esta línea tan deficitaria es que constituye «una vía de escape por si la que discurre por Segovia y Valladolid se colapsa en algún momento por un accidente o por cuestiones climatológicas», indica.
Mientras el interventor nos cuenta todo esto, el mecánico titular y el becario recorren el tren buscando cosas que hacer. Normalmente, un mecánico tiene la misión de arreglar la salida de aire acondicionado en un asiento determinado, reparar el baño, la televisión o la toma de los auriculares. «Pero es que no recibo ni una queja, porque no va nadie», dice resignado. Así que a lo que se dedica es a enseñarle al mecánico en prácticas todos los aparatos que pueden fallar «y los trucos» para arreglarlos.
El camarero, Sabino Sierra -a éste no le importa dar su nombre- estuvo tras la barra los veinte primeros minutos de viaje. Ordenó un poco las botellas, los zumos y las chocolatinas, sirvió agua al personal y poco después se retrepó en uno de las butacas a echar una cabezadita, una cabezadita que llegó hasta Burgos. «Ni una cerveza he servido aún en estos días», afirma. Le pregunto si hay peligro de que caduquen los alimentos y dice que si no los repusiera cada poco tiempo, sí, que la mayoría caducaría. «Pero lo que hacemos es recogerlos antes y llevarlos a otros convoyes con mayor aceptación; así no se echan a perder y no hay que tirarlos», explica.
El viaje da para escuchar miles de anécdotas. En una ocasión, nuestro interventor sacó del tren a cuatro jóvenes que subieron en El Escorial sin billete. Cuando fue a pedírselo, uno de ellos contestó que ni lo tenían ni pensaban pagarlo, porque se bajaban en el siguiente pueblo. «Ah, sí», pensó el revisor. Y tiró de la palanca de emergencia, frenó el tren en seco y echó a los cuatro. Uno de ellos cogió una piedra la arrojó contra el tren y rompió un cristal. Uno de los pasajeros le preguntó, «perdone, no le importa que perdamos un poco más de tiempo». «No», le respondió. Sacó la cabeza por la ventana, llamó a los chavales y les dijo que Renfe no podía dejarles tirados en el campo, que volvieran. Cuando estaban a punto de subir, cogió a uno de ellos y «le dio una somanta de palos que casi lo mata».
A las dos horas de conversación, el grupo se diluyó. El interventor se fue a estudiar -quiere ascender a supervisor comercial- los periodistas se sentaron y los mecánicos siguieron a lo suyo recorriendo el tren.
El tren circula a una media de 76 kilómetros a la hora. Su hora de llegada a Burgos son las 17,40 pero lo hace un cuarto de hora más tarde. Emplea en recorrer 245 kilómetros casi tres horas y media. Por distintas circunstancias, el tren reduce la velocidad a menos de 30 kilómetros en siete ocasiones a lo largo de todo el trayecto. Aranda es su única parada. Por supuesto, a las 16,30, la estación de la localidad, El Montecillo, está desierta. Solo el jefe de estación aparece para ordenar el reinicio de la marcha del tren. Pero al margen de esta parada, el convoy se ve obligado a detenerse totalmente en otras tres ocasiones. «La mayor parte de las veces para dejar paso a otros trenes, porque éste no tiene preferencia sobre ningún otro convoy, es el último en pasar todos los cruces», explica el interventor.
Al llegar a la estación Rosa de Lima, en Burgos, el tren permanece dos horas parado en el anden para realizar el trayecto de vuelta desde las 19,55 a las 23 horas.
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