Las rejas de la otra Brasilia
En los suburbios de la capital brasileña, incluso las familias pobres se rodean de rejas. Estas protegen de los robos pero sacralizan también el espacio privado.
Licia Valladares y Martine Jacot. Licia Valladares es socióloga en el Instituto Universitario de Investigación de Río de Janeiro
(IUPERJ) y profesora invitada en el Instituto de Urbanismo, Universidad de París XII, Francia. Martine Jacot es periodista del
Correo de la UNESCO.
....." Brasilia tiene dos rostros. El primero es el de una capital futurista construida entre 1957 y 1960. Concebida por el urbanista Lucio Costa y el arquitecto Oscar Niemeyer, esta ciudad monumental bautizada “plano-piloto” alberga, como estaba previsto, unos 300.000 habitantes, sobre todo funcionarios de los ministerios y de las embajadas (extranjeras).
Mucho menos conocida, la otra Brasilia, la de los suburbios poblados por brasileños de clase media, modestos o pobres, no debía contar con más habitantes que el plano-piloto, según las previsiones iniciales. Ahora bien, esos suburbios, bautizados ciudades satélite, son ahora 16 y constituyen una inmensa trama urbana, donde viven más de 1.300.000 personas. En este complejo mundo metropolitano, una característica sorprende al visitante: la cantidad de viviendas rodeadas de rejas, trátese de chalets elegantes, de modestas construcciones de madera o de conjuntos residenciales.

sonríe estás siendo filmado, advierte el letrero
en la rejas que protegen una panadería en el suburbio de Ceilandia, Brasilia
(......) En Brasilia el plano-piloto constituye en sí una especie de fortaleza cuyos muros serían invisibles: la única frontera que separa la capital de las ciudades satélite, instaladas a considerable distancia, es un cinturón verde. Es en ese límite donde aparecieron en estos últimos años “condominios cerrados”, mientras las ciudades satélite se llenaban de rejas, a un ritmo sorprendente.
Profesora de la Universidad de Brasilia, la urbanista Marilia Steinberg estima que el leitmotiv de la seguridad oculta otras motivaciones más complejas. “Emigrar a Brasilia representó para todos nosotros un riesgo, una aventura”, afirma. “Entre los que permanecieron en la nueva capital o en sus alrededores, no conozco a nadie que no haya mejorado sus condiciones de vida desde su llegada. La reja protege pero hace también aparecer los elementos visibles de una ascensión económica y social rápida.” Contrariamente a un muro que ocultaría totalmente la vista, las rejas dejan ver la vivienda e incluso escenas de la vida familiar. También ofrecen a la mirada el o los coches (signos de éxito social) estacionados junto a la casa.
Otros testimonios confirman que esas protecciones tranquilizadoras, eficaces e incluso indispensables, cumplen a veces además papeles simbólicos. Los habitantes de la otra Brasilia vinieron a la ciudad para iniciar una nueva vida con la esperanza de tener éxito.
Entre 1957 y 1960, la construcción del plano-piloto exigió la contratación de más de 100.000 obreros llamados candangos, procedentes en su mayoría del nordeste brasileño. Durante las obras de construcción, los candangos se habían instalado en barracones de madera en los límites del plano-piloto. Tras la inauguración oficial de Brasilia, el 21 de abril de 1960, esas habitaciones precarias fueron consideradas “favelas ilegales”. Pero la mayoría de los obreros, orgullosos de haber cumplido una obra de pioneros al construir la nueva capital, se negaron a partir. Otros inmigrantes, que siguieron sus pasos, llegaron de todo el Brasil y se instalaron en terrenos baldíos en el exterior del plano-piloto.
Ante esta afluencia, las autoridades del distrito federal se decidieron, a partir de 1970, a planificar en la medida de lo posible el desarrollo de esas zonas de hábitat modesto o pobre, más que a tratar de expulsar a sus ocupantes. Terminaron por construir y habilitar infraestructuras en las ciudades satélite para evitar toda “invasión” desordenada del plano-piloto.

Verjas de un “condominio fechado” en Sobradinho,
una de las ciudades satélite de Brasilia.
Existe pues la impresión de que cada familia de inmigrantes, a través de las rejas, desea mostrar en cierto modo que ha logrado conquistar su propio espacio, grande o pequeño, y por consiguiente realizar en parte su sueño en el distrito federal, a las puertas de la “Brasilia oficial”, que es el término que suele emplearse. La historia de Cleiton Pereira Santos, joven geógrafo de 23 años, ilustra perfectamente esa trayectoria y esos valores. “Mi padre, originario de un pueblo del estado de Piauí, en el Nordeste, vino a trabajar como albañil a Brasilia a comienzos de los años sesenta, explica. Alojado inicialmente por un pariente, más adelante pudo traer a mi madre. Primero alquilaron un departamentito en el plano-piloto. Pero querían tener su “propio” techo. Construyeron entonces su primera casa, sumamente modesta, en Taguatinga. La vendieron para construir un chalet con rejas en Ceilandia. Mi padre, que logró montar una pequeña empresa, ahora quiere venderla para comprar un nuevo terreno y construir allí un condominio fechado.”
Llegar a ser propietario corresponde a un ideal compartido por todas las capas de la sociedad brasileña. Según las estadísticas oficiales, 72% de las viviendas de todo tipo son propiedades privadas y los organismos gubernamentales, como el Banco Nacional de la Vivienda, siempre han fomentado el acceso a la propiedad más que el alquiler, incluso en el caso de las construcciones populares.
Un símbolo de éxito social
Pero en Brasilia, como en el resto del país, ser propietario es también protegerse contra otro tipo de inseguridad, la resultante de la incertidumbre económica. Las crisis sucesivas refuerzan una idea muy sencilla: resulta fácil perder el trabajo pero será más difícil quedarse sin techo si éste es de uno, en un país en el que el sistema público de protección social es prácticamente inexistente. He ahí nuevas razones para velar por la seguridad de la casa y conservar su valor comercial. Una propiedad es más cara con rejas que sin ellas. Y todas las casas se revenden a buen precio en Brasilia, incluso las viviendas modestas de madera.
Es preciso entender esas rejas en este contexto de símbolos y de valores. Y seguramente son, en alguna medida, el contrapunto del plano-piloto de Lucio Costa y Oscar Niemeyer, espacio vanguardista de cemento y de monumentos. Los habitantes de la otra Brasilia no van a la capital, ciudad de la elite, más que para trabajar o de paso para regresar a sus hogares. ¿Serían entonces las rejas la respuesta de los más modestos a la segregación socioespacial que les impone la capital-ciudadela? ¿El símbolo de un éxito fuera de una fortaleza sin murallas ?"
http://www.unesco.org/courier/1999_0...sier/txt16.htm
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